Argentina - Niños de El Algarrobal suelen ayudar a su familia con trabajos en ladrilleras. Las mañanas de Federico (nombre ficticio) suelen amanecer con un polvillo flotando en el cielo. Acostumbrado a esa especie de bruma, no ve las partículas que -al parecer- afectan su piel tanto como sus vías respiratorias. La realidad de Federico -que la Fundación Proniño intenta cambiar- podría ser la de varios chicos (de entre 6 y 15 años) de la zona, donde abundan los hornos. Los padres de estos niños, la mayoría son analfabetos
Por Diana Chiani - El hogar del niño está en las inmediaciones de los hornos ladrilleros de El Algarrobal. Allí, las costumbres y la cultura de sus padres dicta que el trabajo sea parte sustancial de sus vidas. La pobreza, claro, es el factor condicionante.
Pero desde 2004, a las tareas en casa, han sumado actividades recreativas, apoyo pedagógico y atención a sus problemas de salud, gracias a la participación de una organización civil que se ocupa de 200 alumnos del colegio Provincia de San Juan, así como la de otros pequeños (ver aparte).
La idea es comenzar a tender redes y abrir caminos para que los pequeños y sus familias comprueben, a través de la experiencia, que otro modo de vida es posible y, sobre todo, que la educación es la herramienta para dar vuelta la historia. Por eso, las nenas que ayer participaron de un encuentro en el club El Algarrobal aseguraban que ahora podían mostrar buenas notas en matemática o lengua, según su inclinación.
Más entusiasmados con el deporte, los chicos no querían perder ni un minuto de la práctica de hockey ni de los juegos que dirigían los profesores de educación física. La energía para los ejercicios no se percibe en todos los encuentros. Es que muchas veces los chicos llegan cansados por las tareas que han tenido que realizar en los hornos y que varía de acuerdo con la edad y las necesidades concretas de cada familia.
En la época de cosecha, el trabajo en el campo es otra manera de ayudar. A veces se suma la responsabilidad de cuidar a los hermanos cuando los padres salen a trabajar. “Son cuestiones enraizadas en la comunidad y es preciso comprender el contexto”, explican las maestras.
Entonces, cuando el cansancio no cede a la tentación de una pelota, llega la hora de sacar punta a los lápices para disfrutar del aire fresco que conlleva la expresión en cualquiera de sus formas.
Cambiar la historia
Los docentes desean ampliar el panorama de los chicos e insisten -ante toda la familia- en que si ellos no dejan la escuela podrán colaborar de mejor manera con sus padres, la mayoría analfabetos.
Las voluntades de los que participan de la iniciativa se unen para que los niños no abandonen la escuela a causa del trabajo, así como para comprometerlos con las actividades en el club o en la escuela fuera de horario; otras cuestiones nada menores como la salud de los pequeños deben ser tenidas en cuenta. Sucede que es común que presenten problemas respiratorios o de resfríos.
“No está probado que sea a causa de las emanaciones de los hornos, pero es posible que el solo hecho de trabajar influya en estos cuadros”, comentaron las vicedirectoras de la principal escuela de El Algarrobal.
No obstante, las docentes agregaron que la presencia de alergias cutáneas de diferente severidad se veían asiduamente entre sus estudiantes. En este sentido, las mujeres agradecen que el Programa también apunte a mejorar un área tan sensible.
Quienes viven alrededor de los hornos no siempre tienen la posibilidad de una buena nutrición. Así, la contextura es más pequeña que la de otros chicos de su edad.
En ese sentido, pobladores y profesores coinciden en que el Estado prácticamente no está presente en el lugar y que lo que la organización civil construye en el colegio no será fácil de reemplazar cuando el proyecto finalice, a fines del año que viene.
El rol del sector privado
El programa Proniño se realiza en la escuela número 1-173 Provincia de San Juan de El Algarrobal y tiene una duración de cinco años, con el objetivo de incidir en el largo plazo.
Los gestores e impulsores del proyecto son los responsables de la Fundación Telefónica que beneficia al establecimiento a través de acciones articuladas con la Organización Civil Conciencia.
Ayer, el gerente general de la empresa -Juan Waehner- visitó el club, donde los 200 chicos (incluidos en el programa) realizan sus actividades deportivas, junto con la directora de la fundación -Carmen Grillo- y las responsables de la Asociación, María Teresa Fourcade y Rosa Benech.
“El objetivo es fortalecer la conciencia socio institucional y asumir la responsabilidad que tenemos como sector privado”, dijo Grillo, quien admitió que no se puede abandonar el “trabajo de hormiga” de mejorar la calidad de vida de los chicos.
Por su parte, Patricia Barengo y Viviana Morales -subdirectoras del colegio con una matrícula de 800 alumnos- contaron que el apoyo del Programa es notorio en la institución.
Abonos para el colectivo, útiles, ropa, atención médica, apoyo pedagógico y terapéutico así como actividades deportivas son algunos de los elementos que los pequeños tienen hoy a su disposición y que las docentes van a extrañar cuando la organización civil termine su tarea.
Fuente: Diario Los Andes









