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Verdad vs Realidad: Alimentan cada día a 236 niños pero reciben ayuda para 70


Buenos Aires- El comedor Nuestra Señora del Rosario de Monteverde, en San Francisco Solano recibe ayuda para alimentar sólo a 70 niños argentinos, pero son 236. Todos los mediodías se repite la historia. Siete mujeres son las que trabajan en el comedor desde hace ocho años. Los nenes llegan hasta allí con sus ensaladeras de plástico o cacerolas de aluminio y esperan en fila que el reloj marque las doce. Algunos chicos guardan lo que las siete mujeres les dan y lo calientan a la noche. Será su cena. 236 tienen suerte porque pueden comer dos veces por día. No la tuvieron en enero, ni en febrero ni en marzo porque con el cambio de gobierno, el dinero no llegó y el comedor estuvo cerrado. Cada una de las siete mujeres gana 50 pesos al mes por trabajar en el comedor y no se quejan. Un sólo ejemplo de los cientos de comedores que hay a lo largo de todo el país y de mujeres y hombres que trabajan por los niños a diario, muchos gratuitamente.

Siete mujeres que alimentan cada día a 236 chicos. Ganan 50 pesos por mes

Por María Sucarrat- El comedor recibe ayuda para alimentar sólo a 70 nenes. Silvia, Ester, Rita y Nora preparan un guiso de arroz con carnaza. Todos los mediodías se repite la historia. Son ocho mujeres –en realidad son siete porque Susana murió hace unos meses– las que trabajan en el comedor Nuestra Señora del Rosario de Monteverde, en San Francisco Solano. Siete que, desde hace ocho años, alimentan a 236 chicos.

Los nenes llegan hasta allí con sus ensaladeras de plástico o cacerolas de aluminio y esperan en fila que el reloj marque las doce. No todos se llevan la vianda para el almuerzo del mediodía porque los comedores de las escuelas funcionan y algunos comen allá mientras que otros, apenas, adelantan la copa de leche. Algunos chicos guardan lo que las siete mujeres les dan y lo calientan a la noche.
Será su cena. Esos 236 tienen suerte porque, casi toda la semana, pueden comer dos veces por día. No la tuvieron en enero, ni en febrero ni en marzo porque con el cambio de gobierno, el dinero no llegó y el comedor estuvo cerrado.

Cada una de las siete mujeres gana 50 pesos al mes por trabajar en el comedor. Y están lejos de la queja. Tan lejos que ya sumaron a su quehacer una tarea extra: a principio de año abrieron lo que todos llaman “la jugoteca”, una especie de jardín para los de dos a cinco años. Los papás prefieren dejarlos allí que llevarlos a trabajar. Las siete mujeres los entretienen con pinceles y papeles. Los abrigan con dos estufas. Les preparan carpetas con sus trabajitos para que muestren en el barrio.

Pero no hay 236 chicos en la puerta del comedor al mediodía. Hay “representantes” de los 236. Los mayores de siete, seis y cinco hermanos son los encargados de la búsqueda diaria de la comida y esperan allí, en cuclillas, a que lleguen las doce. Para llevar la vianda llena, hay un solo requisito: el que la cargue hasta la casa debe ser mayor de nueve años. “Les damos la comida caliente y se pueden quemar si se les cae”, dice doña Rita, la única de las mujeres que tiene hijos, nietos y bisnietos.

Y la medida que llenará sus cacerolas improvisadas será estricta: dos cucharones por niño. Una nutricionista se los recomendó. Una que hace dos años les mandó la Bolsa de Cereales. La nutricionista los midió, los pesó y hasta sacó a algunos de la desnutrición a fuerza de aceite, huevos y leche. Pero desde el año pasado ya no va. Se terminó el convenio. Como también se cortó la ayuda que recibían del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). “Eran bravos los del ‘penud’. Nos decían que tenían que comer 70 y que si venían más que no les diéramos. ‘70 comen, los otros no’, nos decían”, cuenta Silvia.

Las mujeres se dividen en dos turnos. Las primeras cuatro llegan a las siete y media de la mañana. Todos los días, menos los sábados, domingos y feriados, que son los días en que los chicos no comen. Entran con la bolsa de 12 kilos de pan, que pagan 3,50 pesos. Cada nene se llevará una rodaja junto con su vianda.

Y, enseguida, empiezan los malabares. Estiran tres semanas la garrafa que pagan 145 pesos. Aunque en invierno los trucos no sirven. Las garrafas duran menos porque con el frío, el gas se congela.

“Es todo lucha”, dice Silvia, la de la camiseta de Boca.

Caritas sustenta la comida. Y el mecanismo es así: ellas reciben el dinero y lo rinden con las facturas de la mercadería que compran. Es entonces cuando comprar con factura se convierte en una pesadilla porque les resulta caro. “Si pudiéramos comprar en otros lugares les podríamos dar de comer a más chicos”, dice Ester. Y es cierto, porque el dinero que reciben alcanza para 70, y ellas, que parecen tener la canasta de los peces de Jesús o la cartera de Mary Poppins, lo hacen rendir hasta 236.

Las mujeres tienen menús “para el sol” y otros “para el frío”. Aunque a veces no hay ni para uno ni para el otro. “Hay que improvisar”, dice Nora. Es que antes podían comprar frutas o hacer milanesas. Podían usar el horno cuando la garrafa estaba más barata. “Ayer hubo pollo con fideos. Hoy hay guiso de arroz con carnaza. Mañana, vemos”, dice

No varió mucho, cuentan las mujeres, el número de chicos en los ocho años que están al frente del comedor. “Primero dábamos la copa de leche. Nos dimos cuenta de que no alcanzaba y pasamos a los almuerzos. El año pasado había 180 chicos pero la desocupación subió y muchos empezaron a acercarse para pedir cosas. Y no podemos decir que no”, dice Rita. “A nosotras también nos piden, dice Claudia.

Los papás que mandan a sus chicos al comedor son, casi todos, cartoneros que cobran los 150 pesos del Plan Jefas y Jefes de Hogar. La mayoría tiene siete chicos y los 150 no alcanzan. “También recibimos donaciones. Ropa que la gente nos da. Ponemos todo en un canasto y al ratito no queda más nada. Cada uno se lleva lo que necesita”, explican.

Las mujeres cocinan en ollas en las que entraría cualquiera de los chicos que esperan en la puerta. Hacen el “jugo” en una, y lo pasan a la otra donde tienen el arroz y los fideos. Los primeros que llegan, se van rápido. Los otros tienen que esperar que el arroz o los fideos se vuelvan a cocinar. “Nos gustaría meterle más cosas a la comida. Pero no nos alcanza”, dice Nora.

Los chicos pasan, ellas los conocen de memoria y anotan en un cuaderno: “Ojeda, González, Troncoso”. Todo a mano. Como desde hace ocho años.

Fuente: Boletín Argentino


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