San Pedro y Victoria: El drama de los pobladores que jamás vieron a un brigadista


Por Gonzalo Sánchez - Crítica de la Argentina - No vieron aviones hidrantes ni bomberos ni barcos de la Prefectura. Pero ven el fuego crecer y las llamas que se les vienen encima. La imagen es literal. Hace 30 días que los integrantes de la familia Cardozo, pequeños productores de las islas Las Lechiguanas, en el delta del Paraná, respiran humo. Viven aquejados por un dolor de cabeza persistente y contemplan, todo el tiempo, la decepción: a una distancia cada vez menor, una franja infernal que se advierte viva y que amenaza con comerles la casa.

Lejos del circo mediático montado por el gobierno nacional en la localidad de Zárate, los pobladores de esa zona, unas 50 familias que viven de lo que cazan y pescan, combaten el fuego de frente y sin ayuda. Marchan hasta las llamas con barbijos y tractores y cavan zanjas en la tierra para detener el avance. Dicen que la única vez que vieron a alguien por acá fue el día en que Cristina Fernández sobrevoló la zona de Zárate. Por agua, en simultáneo, se adentró una patrulla de la Prefectura Naval. Se suponía que estaba haciendo un reconocimiento del lugar afectado para luego atacarlo, pero no. Los prefectos anclaron en un recodo del río y se echaron a dormir una siesta.

Pero los Cardozo, como sus vecinos los Cáceres o los Carnero, no son sólo víctimas del fuego. Su tierra es tierra caliente en varios sentidos. Las Lechiguanas es un espacio tropical, atravesado por canales y riachos menores.

De las 300 mil hectáreas que ocupa, entre el sur de Entre Ríos y el norte de Buenos Aires, 56 mil pertenecen a la empresa agropecuaria Deltagro S.A., propiedad del grupo Gualtieri. Los hermanos Salvador y Victorio Gualtieri llegaron en 1999. Compraron varios lotes fiscales al estado de Entre Ríos, otro tanto a través de remates y otra porción a pequeños chacareros. Luego comenzaron un plan expansivo de acopio que llega hasta estos días y que consiste en operar sobre los pobladores locales, haciéndolos firmar comodatos y cesiones de las parcelas que ocupan desde siempre. Consideran que ellos son los dueños de la tierra, donde proyectan una megaexplotación ganadera, y que sus campos están intrusados por esta gente que vive allí desde hace varias generaciones. Para ratificarlo, se encargaron de plantar bandera. En los últimos meses, a pocos metros de cada casa, empleados de la firma estacaron carteles con la leyenda definitiva: “Propiedad Privada Deltagro SA”.

Rosalía Quintana, isleña, madre de 16 hijos, tiene el humo a sus espaldas y los documentos de la polémica entre las manos. El 27 de febrero pasado atracó en su muelle una lancha con un policía y un abogado de Deltagro. “Me hicieron firmar esto, me dijeron que tenía que hacerlo para que no haya problemas con la tierra. Después descubrimos que era como darles todo lo nuestro a ellos. Pero imagínese que no podemos irnos de acá. Ni con el humo podemos irnos de acá”, explica Rosalía, 50 años.

Su marido se llama Oscar Cáceres: la pintura de un nacido y criado en la humedad del Delta.

–No sé qué pensar. Nosotros nunca prenderíamos fuego. Estaríamos locos.

–¿Quién lo encendió, entonces?

–No sé. ¿Querrán corrernos con fuego porque no nos pueden sacar de otra manera?

El abogado que bajó en este paraje aquella vez se llama Marcelo Sánchez. Es el operador de los Gualtieri en el área de islas. Y lo admite. “Es cierto todo, pero en este marco: Gualtieri es dueño de la tierra donde vive esa gente.”

–¿Quiere decir que compró con las familias adentro?

–Los títulos de dominio dicen que los campos se entregaban libre de ocupantes.

–Pero esa gente nació ahí.

–Tiene que demostrar que hace 20 años que están ahí. Si hay gente que vive en forma irregular yo los tengo que desalojar. Pero mientras tanto, los hago firmar un comodato y hasta les permito tener sus animales.

–Se dice que ustedes los quieren correr con fuego porque no pueden hacerlo de otra manera.

–Yo no puedo contestar a algo tan falaz.

Los comodatos convierten a los isleños –que firman sin saber firmar ni leer– en comodatarios y a Deltagro en comodante. A partir de la rúbrica, el comodatario se ve restringido: los isleños sólo pueden tener unos chivos y unos terneros para la subsistencia, pero no pueden producir. Del mismo modo, no pueden hacer reclamos de ningún tipo por el espacio en el que viven y si quieren valerse de algún fruto de la zona, tampoco pueden hacerlo directamente: deben comprárselo a Deltagro.

Pero a este ritmo, mientras no llueva y el Estado siga sin entrar a combatir las llamas, los frutos se convertirán en un recuerdo, las tierras de Gualtieri serán un desierto negro y las familias que allí viven deberán ser evacuadas.

A la altura de la isla Las Lechiguanas, el Paraná es un río sin orillas, un curso de agua estática, dominado por la bruma, en el que respirar se hace difícil. Remontarlo en una barcaza remite a escenas de la película Apocalypse Now. Hay ganado refugiado en sus costas, vacas que miran fijo y que pronto morirán por inanición; árboles negros petrificados y algunas construcciones cerradas, en estado de abandono. Río arriba, en casa de la familia Carnero, Soledad, madre de cuatro de hijos, pide medicamentos para el dolor de cabeza. Dice que no pueden más. “No sé puede dormir. Y no hay mucho que hacer. Sin lluvia esto no se apaga”, explica.

–¿Vino alguien por acá del plan de lucha contra el fuego?

–Quién va a venir.

–¿Y qué hacen?

–Mi marido y mis hijos están allá (señala una columna de humo) viendo si lo pueden apagar.

Soledad ofrece su lancha para ir hasta la zona crítica. La conduce a través de un canal alternativo y, a medida que avanza, el humo va conformando una pared. Hace cuatro horas que Crítica de la Argentina está recorriendo el curso del Paraná y no hubo ninguna señal de nada: las llamas de este lugar son más densas que las de Baradero y Zárate, y gozan de buena salud. Nadie ha venido por aquí para intentar apagarlas.

Y la gente está dolida. “Sabe –dice Soledad, mientras su marido y sus hijos, que acaban de regresar del frente de fuego, reparan un tractor–, la Presidenta se equivocó. Ella y los ministros salieron a decir que nosotros habíamos prendido el fuego y eso es una locura porque sería ir contra nuestras cosas.”

La secretaria de Ambiente, Romina Picolotti, por lo visto, parece no llegar a comprender. Hace 15 días, cuando los fuegos se descontrolaron y el humo invadió la ciudad de Buenos Aires, dijo: “Estos incendios son intencionales para engordar más rápido el ganado”. Pero alcanza con una recorrida para entender que está equivocada. Los pasturas, con el objetivo de revitalizar los suelos, se encienden cuando llega la primavera, después de las heladas. Nunca antes del invierno, que es la época en la que más alimento se necesita para el ganado. “Si quemamos –dice Carlos Carnero y se quita el barbijo– las vacas mueren.”

¿Quién encendió el fuego entonces? Los pobladores locales no quieren acusar a nadie. “Yo no puede señalar a mi vecino”, dice Cardozo, la cara negra de humo. La hipótesis del Gobierno señala que el incendio fue provocado por productores agropecuarios o grandes propietarios que quemaron porque querían aumentar sus rindes, ganar más dinero, y todo se les fue de las manos. Antonio Passaglia, el productor y dueño de 68 mil hectáreas hoy prófugo, sería en este escenario la encarnación del mal. Uno de sus puesteros, Daniel, declaró a La Radio de San Pedro que la culpa la tienen “los que realizan tareas menores. Es ilógico pensar que alguien que tiene 3.000 cabezas de ganado como Passaglia destruya su propio terreno”.

Otras teorías deben ser contempladas. Como por ejemplo la de los bomberos: en la zona del Delta no llueve desde hace 60 días, tampoco hay viento, el pasto está seco, la temperatura es elevada para esta época del año y la humedad es altísima. Mientras todo eso sucede, el escenario es de catástrofe. Y el fantasma de la evacuación de gente, una idea que aterra al Gobierno por el impacto mediático que podría tener, al cierre de esta edición, parecía materializarse. Nélida, una mujer que habita un paraje cercano a Las Lechiguanas conocido como Vuelta del Sur, avisó por teléfono que el fuego estaba a menos de mil metros de su casa. La Prefectura se disponía a llegar hasta el lugar para decidir si sacaban o no a la mujer y a su familia de allí. La tragedia humanitaria comenzaba a tomar forma.

Conferencia de Picolotti: puro humo

La Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Romina Picolotti, llamó a una conferencia de prensa para denunciar que “durante un vuelo de reconocimiento, a 20 kilómetros del perímetro donde los brigadistas combaten el fuego, volvimos a encontrar gente incendiando. Este nuevo foco lo atribuyo a la codicia extrema. El objetivo es engordar el ganado lo más rápido posible”. El coordinador del Plan Nacional de Manejo del Fuego, Sergio Rusak, pudo ver a dos personas que encendían un foco. Picolotti explicó que se dio intervención al Ministerio de Justicia ya que es posible identificar al propietario del predio. Advirtió, además, que por la rotación del viento podría sentirse el humo en la ciudad de Buenos Aires hoy. También señaló que una familia debió ser evacuada de la zona de la quema.

Uruguay pidió explicaciones

El Ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo informó que el lunes recibió una comunicación oficial de la Cancillería argentina en la cual señala que realiza “todos los esfuerzos” para controlar los incendios en zonas agrícolas y que el humo “no sería tóxico”. El sábado, el embajador uruguayo en Buenos Aires, Francisco Bustillo, había elevado una nota a las autoridades argentinas en la cual expresaba “la honda preocupación […] ante los evidentes efectos e inconvenientes que este fenómeno ha causado a nuestra población”.

Las tres hipótesis del incendio

Hay tres posibles teorías acerca de cómo ocurrió el inicio del fuego en la zona del Delta. La primera hipótesis señala que el fuego fue encendido por los grandes propietarios de los campos con el fin de echar a los habitantes originarios, a quienes consideran intrusos. Una segunda hipótesis es la de la codicia: los productores encienden fuego como un modo de ganar tiempo y ahorrar dinero en maquinaria. Aquí se encuadra el fundamento del Gobierno y el propietario Passaglia, actualmente prófugo. La tercera hipótesis es la que manejan los bomberos respecto del clima y la conjunción de vientos.

Los hijos de Oscar Cáceres y sus vecinos, con barbijos y antiparras intentan combatir el fuego. Usan mochilas de agua y las ramas más frondosas.


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