Los satélites argentinos permiten planificar mejor las políticas agrarias, estudiar el medio ambiente, prever catástrofes. La Argentina no llegó a la Luna. Tampoco puso a un hombre o a una mujer en órbita. Y no hay nadie más o menos en su sano juicio que al ver Marte en una película, en una página web o a través de las cámaras de la sonda Phoenix de la NASA se le cruce por la cabeza la idea de plantar en sus colinas rojas y desérticas la bandera blanca y celeste. Desde hace 18 años, la Argentina es miembro de un club exclusivo: el de los países con satélites en el cielo.
por Federico Kukso para Critica Digital - El país, sin embargo, puede ostentar en materia espacial un logro notable, de esos con los que ciertos funcionarios públicos se llenan la boca en conferencias de prensa y cócteles de fin de año. Desde hace 18 años, la Argentina es miembro de un club exclusivo: el de los países con satélites en el cielo.
Todo el mundo sabe –o todo el mundo debería saber– que el primer artefacto que cortó las cadenas que ataban a la humanidad al suelo –o a la atmósfera– fue el satélite soviético Sputnik 1 (“compañero de la Tierra”) el 10 de octubre de 1957. La Unión Soviética les había mojado la oreja a sus rivales estadounidenses al adelantarse en lo que desde ese día se conoció como “carrera espacial”, recordándoles de qué color era, en realidad, el cielo: rojo soviético.
El episodio nacional, mientras tanto, fue, como lo es todo en la Argentina, menos planificado, ambicioso y más artesanal. Vaya a saber lo que hubiera pensado José Hernández al enterarse de que 84 años después de haber publicado su poema épico que idealizó al gaucho y lo volvió un estereotipo, el primer cohete nacional disparado con éxito se iba a llamar Martín Fierro. Corría 1956. No tenía carga, medía 20 cm de largo por 2,5 de diámetro y su objetivo era demostrar que la Argentina –o al menos un puñado de argentinos, los técnicos del por entonces Instituto de Experimentaciones Espaciales– tenía también intenciones de conquistar el espacio. La fantasía duró los pocos segundos que tardó el Fierro –el cohete, no el gaucho– en alcanzar los 1.700 metros de altura y desde allí emprender la caída libre.
De ahí en más, efemérides varias para recitar y escupir: el 28 de enero de 1960 se creó la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE); el 2 de febrero de 1961 se lanzó el cohete Alfa Centauro que llegó a 20 km de altura; el 6 de febrero de 1965 despegó el Gamma Centauro desde la base Matienzo, en la Antártida, lo que convirtió al país en el tercero, después de Estados Unidos y Rusia, en concretar un lanzamiento desde el continente blanco.
ARGENTINAZO EN EL COSMOS.
Orión (1965), Rigel R-01 (1967) y Castor X-2 (1970) son los nombres de otros cohetes –no bélicos– patrios que, desde ya, tienen su relevancia en el medallero ingenieril nacional pero que no sirven a los efectos de esta microhistoria espacial. El que sí ocupa un lugar privilegiado, como lo debería tener todo pionero, es un cubo de 23 cm de lado y unos diez kilos. Aquel cubo, recubierto de paneles solares, se llamó (y se llama) LuSat-1 y es el primer objeto argento que saltó al espacio. Lanzado mediante un cohete Ariane, acabó con la virginidad espacial del país el 21 de enero de 1990. No hubo ceremonias, ni Plazas de Mayo repletas ni discursos de ceremonia.
Y aun así fue un hito, olvidado, pero hito al fin. Lo curioso no es que fue construido con componentes nacionales en la universidad norteamericana de Surrey, que ocupó una órbita a 822 km desde la superficie para dar una vuelta cada cien minutos. Lo que llama la atención es que fue desarrollado por un grupo de amateurs, radioaficionados, es decir, aquellas personas que hacen del arte de comunicarse, por medio de señales de radio con otros pares en el mundo, un hobby.
Uno de estos “locos del micrófono” –descendientes directos de los “locos de la azotea” que gestaron la radiofonía nacional– fue (y es) Ignacio Mazzitelli. “Esto comenzó a organizarse antes de los noventa –recuerda este radioaficionado también conocido como LU1ESY, la licencia que le permite ejercer su hobby–. Por entonces, no había una organización que integrara a todos los radioaficionados del país. Éramos unos cien. Y así fundamos AMSAT Argentina en junio de 1987 que reunía a todos los entusiastas amateurs por la electrónica.”
Justo ese año, relata Mazzitelli como si se hubieran pasado siglos y el mundo se manejara hoy con otras leyes físicas, 30 radioaficionados empezaron a pensar el proyecto LuSat (“Lu” son las dos letras asignadas a la Argentina y “sat”, obviamente, por satélite), un artefacto para agilizar las comunicaciones entre radioaficionados. Al poco tiempo recibieron una invitación de los miembros de AMSAT Estados Unidos quienes los invitaron a participar del proyecto Microsat, la primera experiencia de microsatélites que iba a lanzar la Agencia Espacial Europea.
Y así fue. “Para nosotros era posible. Para los que lo veían desde afuera, se trataba simplemente de una fantasía”, dice y olvida mencionar que con el LuSat, la Argentina se metió de lleno en el grupo de los únicos seis países con satélites en el espacio de por entonces.
“Resulta llamativo que sean los radioaficionados los que den el primer paso en el área de la comunicación satelital –decía por entonces el técnico José Machao–. Porque fueron los radioaficionados los primeros en hacer pruebas de transmisiones comerciales de radio.”
Hoy hay unos 20 mil radioaficionados en el país. LU1ESY, mejor dicho, Mazzitelli, ahora presidente de AMSAT, se resigna y afirma que la juventud abandonó este hobby. Internet y los teléfonos celulares, asegura, son los culpables.
En enero pasado, como en los 17 eneros anteriores, los radioaficionados esperaron el bip-bip, la señal que demuestra que el LuSat-1 (conocido también como Oscar 19) sigue ahí arriba como un fósil viviente, dando vueltas como lo hará durante mil años más. La lógica del club y el amateurismo presuntamente anacrónico habían conseguido lo que el Estado y la burocracia todavía no terminaban de imaginar.
ORBITANDO EN EL PODIO.
Aunque sólo puede haber un primero, en la Argentina, según Mazzitelli, hubo varios primeros satélites nacionales. “Cada uno que aparecía se adjudicaba el puesto”, remarca. Fue lo que ocurrió cuando el 29 de agosto de 1996, luego del exitoso lanzamiento del cohete ruso Semiorka Molnya, un grupo de ingenieros de la Asociación de Investigaciones Tecnológicas de Córdoba y el Instituto Universitario Aeronáutico pusieron en órbita a Mu-SAT, bautizado cariñosamente Víctor 1, para fotografiar el país con imágenes de baja resolución, hacer seguimientos meteorológicos y de aguas.
Así lo hizo y cayó, como el Lu-Sat, los radioaficionados, Víctor 1, los cordobeses y el cohete Martín Fierro en el olvido y la indiferencia.
En materia espacial, se sabe, dos frases sobresalen si uno apura a un amigo y lo aprieta para que mencione, sin repetir y sin soplar, discursos bisagras que marcan una época. La primera es fácil, casi infantil: “Éste es un pequeño paso para un hombre, y un gran salto para la humanidad” del astronauta estadounidense Neil Armstrong, renuente casi como el escritor J. D. Salinger a dar entrevistas o mostrarse en público.
La otra aporta color local. En 1996, las palabras, empujadas por el acento riojano, fueron registradas por las cámaras de Canal 13 y Telefe que asistían al inicio del ciclo lectivo en una escuela de Tartagal. Ahora, aguardan a que alguien las busque (y las encuentre) en Youtube y les de “Play”: “Se va a licitar, un sistema de vuelos espaciales, mediante el cual, desde una plataforma que quizás se instale en la provincia de Córdoba, estas naves espaciales van a salir de la atmósfera se van a remontar a la estratósfera y desde ahí elegir el lugar a donde quieran ir. De tal forma que en una hora y media podemos estar desde Argentina en Japón, en Corea o en cualquier parte del mundo”.
El autor de estos augurios, conocido y sufrido por todos, se dejó llevar por la euforia espacial, aquel empuje de emociones y fantasías (muchas veces alocadas) que aflora en cada lanzamiento cuando la cuenta regresiva llega a cero.
Hoy no hay plataforma, no hay licitación, no hay naves espaciales que salgan por la estratósfera. Pero sí hay satélites en pleno funcionamiento como los de la serie SAC: SAC-B (desarrollado por INVAP y puesto en órbita el 4 de noviembre de 1996. Cayó a la Tierra en 2002 desintegrándose al chocar con la atmósfera), el SAC-A (14 de noviembre del 1998, toma fotografías para interpretar los ciclos de inundaciones y sequías. Su órbita decayó y se quemó el la atmósfera), SAC-C (21 de noviembre de 2000 y realiza tele-observaciones de incendios, inundaciones, geología, agricultura).
En la lista figuran también el Nahuel 1-A (lanzado en enero de 1997 y dedicado a telecomunicaciones), el PADE (el primer satélite lanzado por una institución privada la AMSAT, volvió a tierra después de 15 días) y el Pehuensat 1, construido por la Universidad del Comahue.
–Cada vez que doy charlas empiezo de la misma manera. Pregunto: “¿Conocen alguna agencia espacial?” Y me responden: “Sí, la NASA”. “¿Y la Argentina tiene agencia espacial?” “¡Noooo!”, me contestan.
Las palabras de la astrónoma Mónica Rabolli, de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), resume la situación y echa luz sobre un agujero negro nacional: allí donde la fuerza de gravedad de la ignorancia y el desinterés sepultan las hazañas científicas de argentinos y argentinas.-fin-

Pehuensat-1:Lanzado el 10 de enero de 2007 a bordo del cohete PSLV (Polar Satellite Launch Vehicle) C-7 de ISRO (Indian Space Research Organization. A la fecha se encuentra operativo. El satélite Pehuensat-1 se encuentra a aproximadamente 640 km de altura en una órbita cuasi-polar. Fue lanzado desde el Centro Espacial de Satish Dhawan en Sriharikota, India. El Pehuensat-1 fue diseñado y construido por la Universidad Nacional del Comahue, conjuntamente con la Asociación Argentina de Tecnología Espacial, con la colaboración de AMSAT Argentina. Este se convierte en el sexto satélite argentino.










