Se trata de Lihué Calel, un reservorio de la mayoría de especies naturales de la zona, gracias a sus dos arroyos, y sus sierras que guardan importante material arqueológico de culturas precolombinas.
Por Gustavo Espeche
En medio de la pampa seca, una de las zonas más yermas del país, el Parque Nacional Lihué Calel es un reservorio de la mayoría de especies naturales de la región, gracias a sus dos arroyos -aunque no siempre tienen agua-, y sus sierras que guardan importante material arqueológico de culturas precolombinas.
La ruta nacional 152, llamada “la ruta de de la muerte” por diversos motivos -algunos ya obsoletos-, atraviesa ese desierto con interminables rectas que cruzan varias veces al horizonte y la única seguidilla de curvas y contracurvas se encuentra al llegar a las serranías que le dan el nombre al parque.
Su microclima es algo más húmedo -un promedio anual de lluvias de 400 milímetros contra los 150 de esa zona pampeana- y es hábitat de una variedad faunística insólita para la región, con 173 especies de aves, 42 de mamíferos, 25 de reptiles y cuatro de anfibios, según la Administración de Parques Nacionales (APN).
En cuanto a la flora, el Programa de Desarrollo Institucional Ambiental señala que el parque, cuya superficie es el 0,0008% de la de La Pampa, concentra el 50% de las especies de la provincia.
Desde la ruta, el acceso a la reserva -que varias cartografías y Vialidad Nacional llaman Lihuel Calel- parece una tranquera en medio de esa nada compuesta por pajonales que se extienden a ambos lados del horizonte hasta donde alcanza la vista.
Pero las sierras de Lihuel Calel, pese sus formas suaves y a no llegar a los 600 metros de altura, surgen desde lejos a la vista por encima de la llanura.
Entre la vegetación chata, amarillenta y ocre, la serranía también se destaca por su tono azulado, hacia el cual conduce un camino de ripio que refracta despiadado los rayos del sol, en jornadas que en estos días superan los 40 grados a la sombra.
Una suave pendiente baja hasta el pedemonte, donde hay un pequeño bosque de caldenes y sombras de toro, bajo los cuales las retamas y pastos tienen un verde fresco y zumban numerosos insectos que se guarecen del calor.
Allí se encuentra un camping, con mesas, sanitarios y duchas, en el que no todas las noches hay luz eléctrica, en tanto sobre un promontorio está la oficina del guardaparques.
Este es uno de los Parques Nacionales con menor dotación -una media docena-, por lo que no cuenta con guías sino senderos autoguiados y espacios interpretativos. Además, la época de vacaciones y la cercanía con las festividades de fin de año hace que todo quede a cargo de un solo guardaparques por varios días.
De cerca, las sierras pierden su tono azulado y en sus numerosas rocas fragmentadas de origen volcánico predomina el rojo, con espacios verdosos, blancos y amarillos, según los líquenes, residuos salitrosos y minerales adheridos.
Las estaciones ideales para visitar el parque son primavera u otoño, por lo que una caminata a la siesta puede ser prohibitiva en esta época, pero antes o después se pueden hacer paseos por los senderos autoguiados, “trekking” o escalar los cerros, de los que el más alto es el de la Sociedad Científica, de 590 metros.
Con un poco de audacia y mucha agua en la mochila, se pueden recorrer los seis kilómetros del sendero peatonal o el Valle de los Angelitos y, a esa hora, avistar desde muy cerca, bajo caldenes y sombras de toros, familias de guanacos, jabalíes y hasta algún ciervo colorado disfrutando de la siesta.
Varios rapaces que sobrevuelan en círculos en busca de alimento, entre ellos águilas, jotes, caranchos y halcones, dominan un cielo diáfano y despejado.
El parque encierra otras especies que sólo pueden verse con más paciencia o suerte y algunas que nunca se acercan a la zona de uso público, aunque su presencia está comprobada dentro de las 9.900 hectáreas de la reserva, que con la futura anexión del Salitral
de Levalle -al noroeste- superará las 32.000.
Otro sendero peatonal, de 600 metros, lleva al Valle de las Pinturas, donde bajo un alero de piedra rojiza se encuentran expresiones rupestres de más de 1.000 años de antigüedad, en las que predominan figuras con líneas negras sobre un rojo intenso.
A diferencia de otros parques nacionales, nadie va a Lihué Calel de vacaciones, sino sólo de paso o por un motivo puntual, como observación o estudio. También llegan contingentes de alumnos de colegios y universidades, como parte de su formación.
La entrada, los paseos y todos los servicios del camping son gratuitos, por lo que a veces es utilizado por viajeros a quienes les alcanza la noche en la Ruta de la Muerte y, aunque ahora está asfaltada y señalizada, prefieren no conducir y pernoctar en ese pequeño oasis.
Fuente: infobae

