(Crítica Digital) Una escribana de Bahía Blanca lidera una banda acusada de apropiarse de bienes y propiedades de hombres solos y mayores de edad; se quedaron con campos en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Hay cuatro órdenes de captura. La escribana manejaba dos grupos de trabajo. Con uno se encargaba de darles legalidad a la palabra, a los actos y a los hechos, como todos los escribanos. Con el otro se ocupaba de lo contrario: buscaba estancieros solos, viejos y millonarios para estafarlos y quedarse con sus campos. Los investigadores sospechan que la banda, integrada por cinco personas, cometió cinco estafas de guante blanco por alrededor de tres millones de dólares. Hasta ahora hay un detenido
Por Rodolfo Palacios - La banda de la escribana, como la llamó la Policía, operaba desde Bahía Blanca. La investigación se inició hace seis meses. La ideóloga, de 45 años, lideraba un equipo de estafadores que no descuidaba ningún detalle. La Justicia federal sospecha que cometieron cinco hechos con la misma modalidad: dos en campos de Santa Fe, uno en Córdoba y dos en la provincia de Buenos Aires. El último caso ocurrió en una estancia de la localidad bonaerense de Coronel Pringles: el estafado fue un estanciero de 92 años, sin hijos ni hermanos. Personal de la comisaría 1ª de la Policía Federal, que participó en la investigación, detuvo hace una semana a un hombre de 77 años que se había hecho pasar por el millonario, dueño de un campo de 750 hectáreas, cosecha de soja incluida, con un valor que supera el millón de dólares.
Al jubilado lo sorprendieron cuando estaba por retirar el DNI del Registro Nacional de las Personas (Renaper), en Azopardo 620. “La impunidad era tal que la escribana le había firmado un escrito por el cual reclamaba la entrega urgente de su documento por razones de salud. Estaban apurados porque querían quedarse cuanto antes con el campo y las cuentas de la víctima”, dijo una fuente judicial.
Ante los policías, el detenido se hizo pasar por el millonario estafado. Hasta habló de su historia familiar y de sus campos. “Está claro que la escribana y su gente le habían dado un libreto que se estudió al pie de la letra. Al final se descubrió que era un impostor reclutado por la banda”, dijo una fuente de la investigación. La causa que investiga la Justicia federal es por “falsificación de documento público, usurpación de identidad y estafas reiteradas”.
“La escribana está al caer, pero todavía no se la pudo ubicar. En su ciudad tiene prestigio y es muy conocida”, dijo una fuente del caso. Hasta ayer, la mujer no se había presentado a trabajar en su escribanía.
Cada integrante de la banda cumplía una función específica. El pescador, como lo llaman en la jerga policial, buscaba en una base de datos a estancieros millonarios sin familiares ni herederos. Era una tarea que le llevaba varios meses. Otro requisito que necesitaban para que la estafa saliera perfecta era que esos campos estuvieran descuidados o en manos de caseros, para no despertar sospechas. Cualquier estorbo podía poner en riesgo el plan. Una vez que aparecía un candidato potable, lo investigaban durante varios días para que la historia no tuviera fisuras.
El segundo paso estaba a cargo de dos buscadores o reclutadores, que se encargaban de dar con un hombre de la misma edad que la víctima, una especie de clon. El objetivo era llevarlo al Registro Nacional de las Personas para que sacara un documento a nombre del millonario.
“Creemos que este voluntario o clon del estanciero era remunerado con dinero o una propiedad de poco valor. Apuntaban a jubilados sin familia”, contó una fuente.
Con el documento de identidad en mano, el jubilado le firmaba un poder a un abogado, también parte de la banda, que entraba en escena. Ese escrito, validado con la firma de la escribana, era un arma poderosa. “De esa manera vaciaban la cuenta bancaria del estanciero o se quedaban con sus campos. A diferencia de otros grupos de estafadores que operaba de manera similar, tenían documentos verdaderos. Todavía no podemos entender la razón por la que los millonarios no descubrieron las maniobras delictivas, pero en algunos de los casos hasta la banda llegó a usufructuar las cosechas de soja”, dijo una fuente judicial.
“El escribano debe ser imparcial, dar fe pública y hacer verdadero a un acto”, dice en su página web el Colegio de Escribanos de la Ciudad de Buenos Aires. La serie de estafas que se le imputan a la escribana la pusieron de la vereda de enfrente.
Curiosas formas de dar fe
Las bandas de estafadores lideradas por escribanos no forman parte de una modalidad delictiva nueva. En los últimos años se conocieron varios casos. Uno de los más recientes lo protagonizó el escribano Luis Galli, quien el 8 de abril fue condenado por el Tribunal Oral de Entre Ríos a cuatro años y cuatro meses por estafa y por fraguar documentación de una maestra que se hizo pasar por hija del estanciero entrerriano José Reggiardo. Para la Justicia entrerriana, el escribano legalizó la estafa con su firma. Aseguró que María Godoy, condenada a cuatro años por estafa, era hija del estanciero muerto hace diez años, cuya fortuna supera los 35 millones de dólares. Las muestras de ADN demostraron que no era cierto.
Otro caso ocurrió en Córdoba el 23 de abril de 2006. Una escribana de 49 años fue detenida por la División Delitos Económicos de la Policía de Córdoba por manejar una banda que, según fuentes policiales, cometió estafas por 10 millones de pesos a partir de la venta de propiedades fantasmas.

