Lilliam Gribaudo y Enrique Bossio tienen un campo de 160 hectáreas en Landeta, Santa Fe, que atienden junto a su hijo, sin peones. Tienen soja y ganado. “Una vaca vieja cuesta igual que las zapatillas. El otro día me pagaron eso por una”.
por Luis Ceriotto para Los Andes - Lilliam Gribaudo sabe bien de qué se trata cinchar a un ternero a punto de ser parido, a las dos de la mañana, mientras su marido Enrique Bossio mete los fórceps dentro del vientre de la vaca y su hijo Santiago asiste el parto. Viven en Landeta, al centro de Santa Fe, en un establecimiento de 160 hectáreas.
Hace dos navidades, la inundación les entró en la casa y dejó marcas indelebles, porque el basamento de la casa no es de cemento, es de barro. “Tendría que tirarla abajo y hacerla de nuevo”, comenta Lilliam , y sus ojos verdes pierden brillo. Ella alterna entre su rol de ama de casa y el trabajo en el campo, que suma 140 animales Aberdeen Angus y 45 hectáreas sembradas con soja. Aquí los rindes no pasan de 22 quintales por hectárea.
Lilliam habla con naturalidad de forrajes o de los tiempos de crianza de las vacas, pero no siempre lo supo. Hasta hace diez años, ella y Enrique vivían en Piamonte, sobre la ruta provincial 20. Manejaban una acopiadora que había fundado el abuelo de Enrique, hasta que se fundieron.
En julio de 1997 llegaron a Landeta, a un campo que había sido del padre de Lilliam, al que se accede por un camino de barro. “La casa era una tapera; la reconstruimos de a poco.
No elegimos venir; llegamos empujados por las circunstancias. Aquí volvimos a nacer”, cuenta.
En diez años, Lilliam y Enrique sacaron adelante su nueva casa y también sus vidas. Lilliam asistió a los cursos de Cambio Rural, una entidad que en los ´90 alentaba la participación femenina en las tareas del campo. Enrique curtió la piel arriba de un tractor que tiene 21 años y se mueve en una Toyota Hilux modelo 1993.
Cuando pagaron la última deuda, cinco años atrás, Lilliam decidió darse un lujo: esa noche comieron suprema de pollo.
La charla con la pareja, al final, se desvía hacia la manía de los chicos por las zapatillas de marca, algunas por arriba de los 400 pesos. “Una vaca vieja cuesta igual que las zapatillas. El otro día me pagaron eso por una”, comenta el matrimonio, sin sorna. Obviamente, apoyan esta masiva protesta del campo.

