ISLAS MALVINAS (Por Alvaro Aurane, Enviado especial La Gaceta). “Quería verlo todo de una vez. Comerme el paisaje con los ojos. Pero no pude. Cuando aterrizamos, apoyé la cabeza en la ventanilla y me puse a llorar como un loco. Me calmé y pensé que iba a poder mirar desde la escalera del avión. Pero salí y era el mismo lugar, el mismo aire, el mismo viento… Y se me llenaron los ojos de lágrimas. No pude ver ni a un metro de distancia”. “El hombre debe usar su arma más poderosa, cuyo secreto consiste en no ser un arma: Es el lenguaje. Hay que dialogar siempre”.
El que se confiesa es Julio Aro, en el bus que lo lleva desde el aeropuerto Mount Pleasant hasta Stanley, la actual capital de las Islas Malvinas. Ya está un poco más tranquilo. Y cuando conversa con LA GACETA mira la misma geografía en dos tiempos diferentes. Dos momentos separados por 26 años. “Vine aquí porque quiero encontrarme”, dice el ex combatiente, que quiere conciliar su presente con la parte de su vida que dejó en el Atlántico Sur en 1982, durante el conflicto armado con Gran Bretaña.
Tenía 19 años la última vez que estuvo en lo que los ingleses denominan Falklands. Pero aquella vez no vestía el jean, la remera, la riñonera y las zapatillas que lleva ahora. Y no arribaba en un vuelo de línea, junto con isleños y con noruegos y argentinos que van a pescar krill a las Georgias del Sur, sino con los integrantes del Regimiento de Infantería Mecanizada 6, procedente de Mercedes, Buenos Aires. Vestido para matar o morir.
“Me acuerdo de la incertidumbre y de la angustia que sentíamos. Y teníamos mucho miedo. Mucho. Mucho. Pasábamos frío. Andábamos mojados. La única distracción que teníamos en el hoyo era pasarnos la correspondencia. Uno recibía carta de la familia o de la novia y la leía, lloraba, y se la pasaba a un compañero, que hacía lo mismo con su correo. A veces, ibas a buscar tus cartas y también te daban una de las que habían escrito los chicos al soldado desconocido”, se acuerda.
“Aquí murieron muchos amigos. Y casi morí yo también. Estábamos tratando de salir de la trinchera, apostados uno a cinco metros de distancia del otro, y yo no llegué a asomar la cabeza cuando una bomba de los ingleses explotó y volvió a meter, ya sin vida, a dos suboficiales que acaban de salir. Si salía un instante antes, me mataban a mí también”, se estremece.
Pero Julio sobrevivió las 74 jornadas que estuvo en Malvinas. Pasó tres días como prisionero, cuando la guerra terminó el 14 de junio. Al final, a raíz de las demoras del traslado, terminó reuniéndose con los suyos, en la Argentina, el 22. Se casó con Silvia y con ella tiene dos hijas: Tamara, de 16, y Tania, de 13. El dice que son sus corazones. Y que cuando debió hablar con ellas de su experiencia, les dijo que el hombre debe usar su arma más poderosa, cuyo secreto consiste en no ser un arma.
“Es el lenguaje. Hay que dialogar siempre. En una guerra, para los soldados que la pelean, no hay vencedores ni vencidos. Sólo hay cruces para enterrar a los de uno y otro bando. No hay guerras justas, ni buenas, ni santas”, afirma. Y aprieta entre sus manos un paquete lleno de crucifijos, estampitas, rosarios y cartas que piensa enterrar en el cementerio donde están los soldados argentinos caídos, en Darwin.
Trae consigo esa preciada encomienda desde Mar del Plata, donde trabaja en el Instituto Obra Médica Asistencial (IOMA), en el programa para veteranos de Malvinas. “Les damos contención y asistencia psicológica y logramos parar los suicidios. Pero es muy duro. Muy duro para todos”, suspira el ahora profesor de Educación Física.
Aro piensa todos los días en lo que vivió en las Malvinas. “Mientras estoy en mi trabajo, que consiste en ayudar a mis compañeros, y cuando desayuno, almuerzo, meriendo o ceno. Por eso vine ahora: quiero ver si puedo aliviar toda esa carga. Ya son muchos años de llorar mientras estoy comiendo con mi familia. Muchos años de llorar en silencio, para que no se den cuenta”.
Mas el veterano deja en claro, sin abandonar su postura crítica, que no maldice ni lo que pasó ni lo que vivió.
“No debía llegarse al extremo de la guerra. Pero consumado el acto, no puedo renegar de eso. Hacerlo sería renegar de la sangre de mis compañeros”, afirma. Y mira a los ojos. Con sus ojos bien secos.
Tratando de tender puentes
Después de recorrer campos de batalla y cementerios, Julio Aro se propone entablar relaciones con los isleños, para fomentar intercambios con Buenos Aires. Consigna que su viaje fue posible gracias al apoyo de la Municipalidad de Mar del Plata y del Gobierno bonaerense. “Aunque pedí que me descontaran este viaje de mis vacaciones, me otorgaron una licencia especial”, relata. Y sonríe. Por primera vez.










