Cada vez más se demuestra que la tristeza, los nervios, la ansiedad y el enojo, entre otros estados anímicos, influyen significativamente en el devenir de una enfermedad. Las emociones y sentimientos afectan nuestra salud. Nuestros pensamientos producen liberación de sustancias y conexiones neuroquímicas: alteran no solamente el propio sistema nervioso (en lo anímico y cognitivo), sino el resto del organismo.
Hace mucho, mucho tiempo, a fines del 1600, Papai Pariz Ferenc, médico de Transilvania, continuó con aquella idea que ya había esbozado Aristóteles: “Cuando las partes del cuerpo y sus humores no se encuentran en armonía, la mente se desequilibra y produce melancolía. Asímismo, una mente tranquila y feliz hace que el todo, el cuerpo, sea saludable”. Más de tres siglos después, la Organización Mundial de la Salud (OMS) coincidió con el precepto y determinó que la salud está íntimamente ligada con el equilibrio físico, mental, social y psicológico de las personas.
En la actualidad, crece a pasos agigantados un área de la medicina que defiende esta postura, aunque, por el momento, es poco conocida y difícil de nombrar. Para leer la siguiente palabra, tome aire y lea muy despacio: la Psiconeuroinmunoendocrinología (¡se lo advertimos! Para su tranquilidad, de ahora en más, abreviaremos el término a PNIE) relaciona lo psicológico, lo neurológico, lo inmunológico y lo endocrinológico. En resumidas cuentas, estudia el impacto que provocan en nuestra salud los pensamientos, las emociones y los sentimientos.
¿Hay una división entre cuerpo y alma (o psique, o espíritu)? ¿Hay enfermedades exclusivas de la mente o del cuerpo? ¿Es posible comenzar a hablar del poder de la mente con rigor científico? ¿De su capacidad para curar o enfermar?
“¿Recuerdan la famosa frase ‘Sana, sana, colita de rana; si no sana hoy, sanará mañana’? Ese dicho que le dedican los padres a sus hijos cuando se golpean, tiene su sentido, su magia. Las palabras de papá o mamá curan, o bien aminoran el dolor. Dispersan los miedos, tranquilizan”, afirma el Dr. Fabio Celnikier, psiquiatra, psicoterapeuta, Máster en PNIE y director de www.pnievirtual.com.ar.
“Es casi absurdo separar a las enfermedades en psicosomáticas y las que no lo son. La labor mental, desde los trazos más básicos hasta los más excelsos, impone la colaboración activa del cerebro, así como la del soma propiamente dicho”.
Es probable que la mañana que amanezcamos con un fuerte dolor estomacal, acudamos al hospital y solicitemos a un gastroenterólogo. Lo que defiende la PNIE es que ese malestar, tal vez, encuentre su origen en la discusión que mantuvimos la noche anterior con nuestra esposa/marido.
“En el presente, podemos confirmar que no existe enfermedad que no esté influenciada por el estado anímico. Su alteración puede predisponer a la aparición de distintas enfermedades”, define el Dr. Alberto Intebi, director del Instituto Argentino de PNIE. El especialista se apoya en los resultados de un estudio que manifiesta que alrededor del 20 % de los seres humanos con enfermedades cardíacas también padece de depresión, que el estrés exacerba los desórdenes gastrointestinales (así como retarda el lapso de cicatrización), y que el buen o mal humor puede influir en el tiempo de supervivencia de personas que padecen graves enfermedades.
“Numerosos médicos y pacientes no comprenden aún a la medicina psicosomática. A menudo la confunden con enfermedades imaginarias. Sabemos perfectamente que las emociones afectan el cuerpo”, acota Intebi, aunque advierte: “De cualquier manera, hay que ser cautos. Hay enfermedades que por más buena voluntad que pongamos, siguen su curso; por eso es importante que nadie vaya a creerse autosuficiente y que todo lo puede. Es indiscutible que la mente ayuda a estar bien, pero es una barbaridad decir que puede sanar absolutamente todo”.
Detrás de la enfermedad
Algunos de los clásicos interrogantes que la PNIE intenta responder son: “¿cuando se enferma un órgano se enferma la persona entera?” o “¿por qué nos enfermamos cuando estamos agobiados?”. “Los cuadros psicosomáticos son desórdenes reales causados o agudizados por el estado mental o emocional del paciente”, detalla Intebi. “Pueden comprender síntomas corporales provocados por la angustia –el caso de los chicos con dolor intestinal cuando no quieren ir a la escuela–, como enfermedades que derivan de comportamientos nocivos, cuya evolución está seriamente afectada por los estados emocionales. Un ejemplo son las variantes negativas (el estrés) o positivas (el apoyo social de familiares y amigos) a la hora de hacerle frente a algunos males como la artritis, las cardiopatías, el cáncer y el sida”.
Por su parte, Celnikier suma en el análisis a la piel y al sistema nervioso. “Así, no deberíamos sorprendernos de que la psoriasis haya sido una de las primeras enfermedades encuadradas dentro de las psicosomáticas. Lo que estuvo tan unido, lo sigue estando. ¿O no hemos sentido, alguna vez, decir a una persona acerca de otra: ‘no tenemos piel’, o bien ‘se me pusieron los pelos de punta’?”, se pregunta.
Otros exponentes de la indivisibilidad cuerpo-mente son la tristeza y la ansiedad, que pueden alterar significativamente el ajuste de las hormonas sexuales, y provocar cambios no sólo en la pulsión sexual, sino también variaciones en el ciclo menstrual femenino. En casos de duelo, se deprime el sistema inmune por la exagerada secreción de cortisol (los afectados son más atraídos a padecer infecciones; de acuerdo con los modernos conceptos de la psiconeuroncología, podrían desarrollar ciertos tipos de cáncer). Por caso, la ira y la agresión son emociones negativas que se familiarizan con el infarto. “Es parte del acervo poético universal que uno puede morir por una pena profunda. Ahora es explicable desde la neurociencia”, aporta Celnikier.
Los programas experimentales demostraron que técnicas como la relajación pueden hacer que el flujo sanguíneo y la frecuencia cardíaca sean más lentos, y que vivencias aterradoras puedan desencadenar en espasmos intestinales. El apoyo grupal, la meditación y hasta rezar pueden virar el curso de algunas enfermedades: alivian los síntomas y hasta reducen el tiempo de internación o de tratamiento bajo medicación.
“Es importante tener en claro cómo puede producirse la integración cuerpo-mente. Uno de los aspectos básicos de la PNIE es aplicar el conocimiento médico al abordaje de diferentes patologías. Desde afecciones anímicas (depresión) a cuadros neurológicos (demencias), alteraciones inmunológicas (enfermedades autoinmunes) o patologías neoplásicas (cáncer)”, ahonda Intebi.
Sin embargo, la Lic. Margarita Dubourdieu, Magíster en PNIE, y fundadora y presidente de la Sociedad Uruguaya de PNIE (SUPNIE), aclara: “Nunca nos referimos a una unicausalidad o causalidad lineal en sistemas abiertos de complejas interacciones. Por lo tanto, es imposible atribuirle un único motivo a las enfermedades, aunque existan causas de mayor incidencia. La clave es la multicausalidad, ya que distintos factores convergen y permiten la expresión de vulnerabilidades genéticas o adquiridas en el proceso de la enfermedad”.
La infancia y el enfoque multidisciplinario
¿Un trauma en los primeros años de vida puede generar un impacto biológico que luego se exprese en la adultez? “Las vivencias traumáticas de la infancia producen respuestas de estrés, y esos circuitos quedan facilitados para posteriores respuestas en el futuro”, agrega Dubourdieu.
“Estos circuitos facilitadores –que predisponen a tener nuevamente respuestas depresivas y sus correlatos fisiológicos– no son determinantes. Las experiencias de la niñez pueden predisponer a contraer ciertas enfermedades, pero también pueden ser reemplazadas por nuevas formas de reacción. Ocasionadas por vivencias positivas, o por el resultado de la medicación, o de la psicoterapia”.
En cuanto a lo terapéutico, es primordial el enfoque multidisciplinario: que el terapeuta integre a la persona al modelo bio-psico-social y trabaje en red con diferentes especialistas. “Se deben detectar factores de estrés –físicos o psíquicos–, mecanismos defensivos o de afrontamiento –conscientes o inconscientes– generadores de alteraciones espirituales. A su vez, habilitar experiencias en el proceso terapéutico que puedan extenderse al funcionamiento cotidiano”, propone Dubourdieu.
En definitiva, las ventajas de la PNIE son el abordaje integral de la persona desde su síntoma de consulta a su contexto social-familiar-económico-vivencial –actual y pasado–. “No sólo hay que contemplar la parte somática de una enfermedad, sino sus aspectos psicosociales. De esta forma, la PNIE le brinda a la persona un panorama amplio en el diagnóstico y el tratamiento. Hay que concientizarnos de que existe una marcada comunicación entre la mente y el cuerpo”, concluye Intebi. N
Fuente: Revista Nueva










