ARGENTINA-¿Quiénes tienen Derechos Humanos? “Cada vez que un niño sale a trabajar se aleja de la posibilidad de superarse”. Según datos administrados por la COPETRI en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires hay entre 400 y 500 mil chicos que trabajan. La falta de escuelas, las discriminaciones culturales y, sobre todo, la pobreza son algunos de los factores que contribuyen a que en el mundo haya más de 218 millones de niños trabajando. En Argentina la mayoría de los niños trabajan en la agricultura, en las zonas rurales, y en basurales, en las grandes ciudades. Niños que generan bienes y servicios para el mercado y para el autoconsumo personal y familiar. El 60 por ciento de la riqueza queda en un puñado de algo más de 2 millones de personas.
En el país, el 67 % de los menores trabaja junto a sus padres
El 67 % de los niños argentinos de entre 5 y 13 años que trabajan lo hacen junto con sus padres o con algún familiar como modo de incrementar los ingresos familiares. Este dato se desprende de la última encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes, que fue realizada por el Ministerio de Trabajo de la Nación en las provincias del NOA, del NEA y en el Gran Buenos Aires. La cantidad de menores que trabajan en las áreas rurales es entre un 3 % y un 4 % mayor que la cantidad de chicos que lo hacen en las zonas urbanas de más de 2.000 habitantes.
Entre las tareas domésticas que desarrollan los niños de 5 a 13 años resaltan el cultivo de vegetales, el cuidado de animales y la construcción de viviendas. Uno de cada cuatro chicos las realiza junto con otros trabajos fuera del hogar.
En el caso de los adolescentes de entre 14 y 17 años, uno de cada cinco afirmó que trabaja más de 36 horas por semana, límite establecido por la ley nacional que regula la contratación laboral. Al igual que en el caso de los niños, la forma de trabajo que prevalece entre los adolescentes es la que se realiza como ayuda a los padres o a algún familiar. El 45 % de los encuestados se quejó por las malas condiciones laborales a las que son sometidos.
“Cambiamos la fruta por ropa y por comida”
Es como salir a jugar. Pero es un juego diferente; es el juego que les va a garantizar la comida del día. Se dividen las cuadras. Ezequiel es más lenguaraz y, a los 11 años, no le cuesta demasiado convencer a las vecinas para que le compren una bolsa. Emilce, en cambio, recurre a la ternura de su rostro de 8 años para concretar una venta. Mientras tanto, Norma M., su madre, prepara los limones en el carro con el que recorren Villa Carmela, Villa Muñecas y el barrio Modelo todas las mañanas. Con sus características particulares, la vida de estos dos niños es similar a la de los cerca de 14.000 chicos tucumanos que, según relevamientos realizados por el Estado, por ONGs y por sindicatos, trabajan en el ámbito rural y en las zonas urbanas.
El juego comienza antes de las 9. El té y el pan les calientan la panza. Afuera, la madera que funciona como asiento del carro se enfría en la intemperie gris de la mañana. El traqueteo se sucede durante todo el camino. Se detienen en una esquina.
El juego comienza antes de las 9. El té y el pan les calientan la panza. Afuera, la madera que funciona como asiento del carro se enfría en la intemperie gris de la mañana. El traqueteo se sucede durante todo el camino. Se detienen en una esquina. Emilce corre hacia una de las veredas; Ezequiel se encarga de la otra. “A mí me gusta trabajar con mi mamá. No quiero quedarme solo”, dice el varón para justificar la actividad que realiza.
“Lo que pasa es que yo antes no salía con ellos a vender. Pero el año pasado entraron unos ladrones a mi casa y los chicos estaban solos. Ahora me acompañan y me ayudan”, asegura la madre. “¡A mí me gusta la escuela!”, grita Emilce, que, junto con su hermano, asiste a la escuela 240 por la tarde, según afirmó Norma.
Vidas de grandes
El trabajo puede ser cansador, de eso no hay dudas. Cerca del mediodía ya les cuesta correr de un lado a otro. Pero se les ilumina la cara cuando alguien les regala algo: una porción de pizza fría, un sándwich o una medialuna. Pero también es una excusa suficiente para generar peleas infantiles, para que Emilce acuse a Ezequiel de que se comió la mejor parte o de que no le dejó nada a ella.
Norma dice que la ayuda de los chicos es fundamental para poder vender más. “Vendemos la docena de limones a $ 12. Ganamos más o menos unos $ 20 o unos $ 30 por día. Con eso compramos la comida, que ahora está cara”, na de las veredas; Ezequiel se encarga de la otra.
“A mí me gusta trabajar con mi mamá. No quiero quedarme solo”, dice el varón para justificar la actividad que realiza.
“Lo que pasa es que yo antes no salía con ellos a vender. Pero el año pasado entraron unos ladrones a mi casa y los chicos estaban solos. Ahora me acompañan y me ayudan”, asegura la madre. “¡A mí me gusta la escuela!”, grita Emilce, que, junto con su hermano, asiste a la escuela 240 por la tarde, según afirmó Norma.
Vidas de grandes
El trabajo puede ser cansador, de eso no hay dudas. Cerca del mediodía ya les cuesta correr de un lado a otro. Pero se les ilumina la cara cuando alguien les regala algo: una porción de pizza fría, un sándwich o una medialuna. Pero también es una excusa suficiente para generar peleas infantiles, para que Emilce acuse a Ezequiel de que se comió la mejor parte o de que no le dejó nada a ella.
Norma dice que la ayuda de los chicos es fundamental para poder vender más. “Vendemos la docena de limones a $ 12. Ganamos más o menos unos $ 20 o unos $ 30 por día. Con eso compramos la comida, que ahora está cara”, calcula Ezequiel. De todos modos, su mamá no esconde el remordimiento que le da el hecho de tener que obligar a sus hijos a trabajar. “Me gustaría que sólo se dedicaran a estudiar. Pero yo estoy sola y tengo otra hija con retraso mental. No me queda otra que pedirles que me ayuden”, se justifica.
“Muchos hermanos”
Los viernes, los sábados y los domingos caminan por las calles de Yerba Buena. Mientras otros adolescentes se divierten, ellas empujan un carro repleto con naranjas, pomelos y limones. “Nosotros cambiamos la fruta por ropa y comida”, afirma una de estas tres chicas que no quiso dar su nombre mientras camina por la avenida Aconquija.
Una de ellas tiene 14 años y cuenta -orgullosa- que estudia. Pero todavía le falta mucho para terminar. A pesar de su edad, está cursando 4º grado de la primaria en la escuela Reconquista. “Trabajo porque tengo muchos hermanos y vivimos con mi mamá; no tengo papá”, admite.
Octavio tiene 13 años y dice que cuando sea grande quiere tener una camioneta 4 x 4, como esas a las que todas las tardes les limpia el parabrisas en la esquina de Casal. “A mí me gusta trabajar; no quiero estudiar. Yo quiero ganar plata y comprarme las cosas que me gustan”, asegura.
En la platabanda
Llegó al semáforo cuando se quedó huérfano, hace dos años. Y desde entonces pasa las tardes en la platabanda. “Cuando engancho alguna changa en una obra en construcción aprovecho para comprarme ropa con lo que gano. En el semáforo sólo consigo para la comida”, relata el adolescente, que vive con otros chicos en una casilla de la villa El Triángulo, en La Ciudadela.
De la misma manera que para Emilce y para Ezequiel el trabajo resulta una especie de juego, Octavio sostiene: “no me quejo porque gracias a esto como. Con los ‘vagos’ la pasamos bien en el semáforo, pero a veces nos cansamos. Algún día voy a hacer otra cosa; por ahora no me queda otra”. Tras decir estas palabras, se baja de la platabanda, se acerca a un auto y empieza a jugar el juego macabro al que el destino lo sometió para poder subsistir.
Un problema que es mundial
El Día Mundial Contra el Trabajo Infantil fue instaurado en 2002 por la Organización Mundial del Trabajo (OIT) para promover la voluntad de erradicar este problema, que afecta a unos 165 millones de niños en todo el mundo. En 2005, el Congreso argentino instituyó el 12 de junio como Día Nacional Contra el Trabajo Infantil.
Son menores el 25% de los obreros rurales
Entre 4.000 y 5.000 niños trabajan en las cosechas de frutilla, de tabaco, de papa y de citrus, según datos de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre).
El titular de la institución, Jesús Pellasio, afirmó: “La Provincia se adhiere a todos los convenios firmados en el país y a algunos internacionales, pero mientras no haya presupuesto ni recursos humanos, todo es en vano”. El dirigente dijo que espera que la Legislatura trate el anteproyecto de ley sobre erradicación del trabajo infantil en la ruralidad que fue presentado por Uatre en abril.
Funciones de adultos
Pellasio señaló que entre la mano de obra que se emplea en las labores de los campos tucumanos, un 25 % son niños y niñas que cumplen funciones de adultos en las quintas y en las fincas del interior de la provincia. También denunció que el efecto más dramático de esta realidad se refleja en los índices de la deserción escolar.
“Desde comienzos de año hasta setiembre y octubre, las escuelas quedan desiertas por el gran ausentismo que se produce. Los niños que asisten a las cosechas junto con sus padres y con sus hermanos abandonan los estudios. También es muy importante el número de chicos que se reintegran a la escuela con sobreedad”, añadió el dirigente.
Registro único
Pellasio advirtió que hasta que no se solucione el tema del registro único para los trabajadores rurales, se controle el trabajo en el campo, y se concientice a los empleadores a no tomar a los niños en las labores de campo, la situación no va a cambiar en la provincia.?Explicó que una situación habitual que se da en muchas fincas tucumanas es que el empleador le pague el jornal al jefe de la familia, aunque participan de ese trabajo todos sus miembros, incluidos los más pequeños
Fuente: http://www.lagaceta.com.ar
CONCIENCIA: NO AL TRABAJO Y EXPLOTACIÓN INFANTIL
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